¡Adios papi-abuelo! Mi gran maestro

La fortaleza e integridad de quien me amó

Mi padre-abuelo, Aurelio Coneo, marchó sabiendo que le amaba. Y estando juntos supe que había una promesa que ya se había cumplido. Un día me pidió que jamás le olvidase. Como se puede olvidar aquello que eres. Y yo soy mi padre, lo mejor de él y también el referente de mi superación personal.

Cuando le vi hace unos años en Colombia, tumbado en una cama, desesperado y solo, luego de un proceso de enfermedad, supe que mi misión era restituirle la tranquilidad, la certeza de que su camino había valido la pena, y de que el momento de la transición se daría desde el amor, la confianza y el agradecimiento.
Le escuché expresar sus dolores, su proceso, las palabras que me advertían la importancia de responsabilizarme de mi camino, de dejarme de pendejadas para ser una mujer plena y completa. Y de que por encima de todo, me amaba.
Entre abrazos, besos y momentos de lucidez, le vi recuperar la serenidad, se fueron uno a uno sus miedos, hasta dejar a un lado todo lo que aquejaba su cuerpo. Agarrado de mi mano descubrí su gran fortaleza, su sociabilidad, y esa voluntad enorme por seguir adelante, de experimentar con brío la vida.
Se recuperó y volvió al lado de mi madre-abuela, Isabel Castro, por su propio pie. Disfrutó de estar con ella, de sabores, de olores, de la compañía de personas que le cuidaban con ternura. Personas que supieron neutralizar momentos de agresividad y de miedo con entrega, paciencia y generosidad.
Entonces avisó que se marchaba y se despidió de mi madre. Su tránsito fue sereno y dulce, después de disfrutar las últimas bondades de la tierra. Su trabajo había terminado. Me regaló  el comprobar que la muerte es un paso que puede darse consciente de la mano de quien te ama. Un desprendimiento donde lo mejor de ti se queda por siempre en las personas que te conocieron.
Y yo le conocí muy bien. Mi padre-abuelo, aquel que decidió hacerse cargo de mi desde que era una bebé, porque mi padre biologico no quería que yo naciera, es mi maestro y mi gran amor. Ese amor que sólo se puede sentir cuando has comprendido que toda su vida fue un referente para mi propio aprendizaje. Me acordé de sus desvelos, de su sonrisa pícara y de su integridad.
Un ejemplo para mi aprendizaje que ahora reconozco una vez has quitado la paja que en un momento dado escondía una personalidad, producto de una cultura y de una visión de la vida, donde la lucha de género le llevó a esconder su enorme ternura y sensibilidad.
Antes de marchar fue una persona que expresó esa parte femenina que estuvo muchos años dormida, sintiéndola como el gran soporte interno para el último paso que le llevó al encuentro de lo que para la mayoría de nosotros es algo incierto y desconocido. La inmensidad de un tránsito donde la corporalidad desaparece.
En ese tiempo que pasamos juntos, antes de marchar, instante a instante se borró cualquier malentendido que se hubiese dado entre los dos a lo largo de nuestra vida. Sólo había la niña de sus ojos y el padre admirado. Y la comprensión de que mi camino de proyección empieza ahora, con él en mí. Dando testimonio vivo de sus enseñanzas.

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